EL INTERCAMBIO DE REGALOS



Una fábula sobre la llegada del año nuevo



Era la lejana antigüedad, cuando aún no existía el calendario, y los hombres vivían sin pensar en los años, Dios padre y dios hijo observaban a la humanidad.

Habló Dios Padre:

-Mirad, como solo hasta el final de sus días, es cuando se ponen a reflexionar sobre lo que han hecho y han vivido. Lamentáblemente lo hacen hasta que su existencia está por terminar.

-Es una lástima -respondió Dios Hijo.

-Démosle a los humanos la oportunidad de vivir fines y principios... De poder comenzar de nuevo.

-Que sean creados los años -respondió Dios hijo.

-Si, cada año viejo morirá por ellos, y les dará la oportunidad de reflexionar lo que hicieron.

-Y cada año nuevo nacerá también para ellos, y les dará esperanzas para el futuro.



Entonces se dedicaron a crear al año nuevo... al primero de todos. En el crisol del tiempo, fue gestándose un hermoso bebé, cuya vida iniciaría y terminaría en un año.

-Yo le daré un regalo a este nuevo bebé -dijo Dios Padre.

Abrió y cerró su mano, y se mostró un anillo de oro. Lo puso en un dedo, del bebé en gestación.

-Este es el regalo de Dios Padre.

Algún tiempo después, el pequeño nació, haciéndole saber a los hombres, que un año había comenzado al fin.

Aquel niño acompañó a la humanidad al paso de los días. Rápidamente aprendió a caminar, y miró con sus ojos curiosos al mundo. Al paso de los meses fue convirtiendo en adolescente, e hizo llegar a la primavera con él. El sol iluminó con más fuerza, derritiendo las nieves, y dando vida a las plantas. Luego, cuando era un muchacho fuerte y vigoroso, la tierra entró en el verano, en donde el calor de su juventud hacía nacer los frutos en sus ramas.

Aquel joven, conforme pasaba el tiempo, también iba ganando experiencia y sabiduría. Era el tiempo de la cosecha, en que los seres humanos recogían lo que sembraron. Pero entonces sucedió que llegó el otoño. Ya todos los frutos se habían entregado. Las hojas comenzaron a caer de las ramas de los árboles.

Lo que fuera un impetuoso joven, se convirtió en un viejo. Se acercaba la llegada del invierno. Las ramas de los árboles estaban desnudas, pues habían perdido todas sus hojas.

Ya en diciembre, cuando el frío comenzaba a calarle los huesos, se dio cuenta que se aproximaba la hora de su muerte.



Fue cuando se asomó al crisol del tiempo, donde él había nacido alguna vez. Se sorprendió mucho al ver a un bebé gestándose. Era el próximo año, que vendría a sustituirle pronto. Cuando aquella criatura naciera, él tendría que morir.

Le parecía injusto que tuviera que perder su vida.

-¡No, no quiero morir! -gritaba.

No, porque había ganado experiencia y madurez. Si él moría todo ello se perdería. El año viejo odió a esa criatura gestándose. Pensaba que él no sabía nada de la vida y no podría aconsejarles a los humanos. El debía continuar viviendo. No se le ocurrió pensar que el pequeño volvería a traer la primavera y que haría florecer los campos de nuevo.

Cuando ya faltaba muy poco para su nacimiento, observó a Dios Hijo, acercándose al bebé que se gestaba.

-Ahora seré yo quien de un regalo al año nuevo.

Colgó una medalla de oro del cuello del bebé.

-Este es el regalo de Dios Hijo.



Se le ocurrió que si robaba la medalla de Dios Hijo, le ayudaría a seguir viviendo. Entonces, cuando dejaron al niño solo, metió la mano en el interior del crisol. Arrebató aquella medalla que el niño llevaba junto a su corazón, y se la puso.

Era el último día del año. Se sentía débil. La medalla no le estaba ayudando. Se dio cuenta que se había equivocado. Cuando ya faltaban pocos minutos para su despedida, el anciano llegó hasta donde el crisol del año nuevo se encontraba, para devolver lo que había robado.

Vio al bebé. Era más hermoso de lo que él se había imaginado. Aquel pequeñito estaba a punto de nacer.

Mientras tanto, él estaba por morir...

El bebé abrió los ojos.

Se miraron por una milésima de segundo, que pareció un momento eterno. El anciano lo vio tan hermoso que quiso tocar su rostro, y alargó su marchita mano hacia la mejilla del bebé.

El año nuevo, que estaba despertando, lo primero que vio fue al anciano. Le sonrió, con la sonrisa más hermosa que el viejo hubiera contemplado. Y al sentir la mano que le acariciaba el rostro, extendió su pequeña manita, y sujetó un dedo del anciano. Lo apretó.

Había tomado con tanta fuerza su dedo, que el anillo de oro salió de la marchita mano del anciano.

El año viejo aceptó que su ciclo había terminado y debía dejar su lugar al pequeño. El recién nacido quedó con el anillo entre sus pequeños dedos. En tanto, el anciano, moribundo, apretó la medalla contra su corazón, aún sonriéndole al pequeño... y en ese momento pereció.

Un nuevo año estaba comenzando para los hombres.



Dios padre y Dios hijo quedaron tan conmovidos, que permitieron que cada uno se quedara con el regalo que le había sido otorgado al otro.

-Hagámos que los seres humanos lleven esta lección en su alma -dijo Dios Padre.

-Que cada uno recuerde esta historia por siempre, y se repita generación tras generación -respondió Dios Hijo.

Y desde aquel entonces, cuando inició la cuenta del tiempo, cada recién nacido guarda algo de la sabiduría de un anciano entre sus manos... y cada anciano tiene algo de niño en su corazón.