EL VIEJO LEÑADOR

 

   José conocía a Demetrio desde su más tierna infancia. Aquel viejo ermitaño, que vivía en una choza en medio del bosque, todas las mañanas llegaba al pueblo a vender su carga de leña. Se rumoraba que tenía más de noventa años, y estaba moreno, casi negro, y cundido de arrugas. Su figura era encorvada y penosa. Sin embargo, podía muy bien con la pesada carga de leña sobre sus espaldas. Jamás se quejaba, ni se detenía a descansar.

   No hablaba con nadie, no se le conocía familia. Era un completo solitario.

 

   Pero como era un viejo con un aspecto deplorable, la madre de José lo usaba para asustarle. Desde que tenía dos o tres años, y se portaba mal, mama le decía Ael viejo leñador te quiere, y si no me obedeces, te voy a regalar para que te lleve...@. Y, cuando apesar de todo hacía berrinches, ella agregaba: AObserva el machete que tiene, con él te va a cortar en trocitos@. Entonces comenzó a llenarse de miedo ante aquel anciano que le parecía un mounstruo, un ser abominable.

   Lo contemplaba por la ventana, caminar por las calles, en la hora del alba, con el enorme bulto de aquí para allá. Observaba el filoso machete colgando de su cinturón y se llenaba de pánico.

   Sus amigos de la infancia estaban igual. Muchos de los adultos contaban el mismo cuento, así que el viejo era odiado por todos los niños. Así sucedió a lo largo de los años. Se lo repitieron tanto que en su mente se fijó esa idea. Todo lo malo que ocurría era por culpa del viejo Demetrio...

 

   José fue creciendo. Cuando ya tenía diez años, y se reunía con sus amigos para jugar, veían al viejo haciendo su humilde labor, llevando la leña de casa en casa.

   -(Vamos a tirarle piedras!

    Se escondían en el puente, ese que cruzaba el río, por donde el viejo tenía que pasar. Y luego, de la nada, varias piedras le caían. El anciano poco podía hacer para defenderse.

   En otra ocasión, en que Demetrio había dejado afuera su carga, y estaba dentro de una casa, recibiendo su paga, ellos le rompieron una de las cuerdas con una navaja. Todos los troncos se desperdigaron en un desorden. El viejo, tristemente, recogió la leña mientras ellos se carcajeaban a escondidas.

   )Cuantas fueron las maldades que le hicieron? Ya ni siquiera se acordaba. Es tan fácil olvidar el mal que se hace a los demás...

 


   Lo que si no podría olvidar, fue ese día, cuando ya tenía doce años, en que salió a pescar al arrollo. Se metió entre las piedras, en una zona muy turbulenta, ya que aquel era un río de montaña, muy violento. Sucedió que al pisar una piedra llena de algas, bien resbalosa, se cayó. La corriente lo arrastró rio abajo. No podía hacer nada para detenerse. El agua helada, lo aventó a una orilla, después de tantos golpes.

   Quedó desmayado.

   No supo nada de si hasta el otro día, en que amaneció dentro de la choza del anciano. Tenía una pierna vendada, y estaba golpeado en muchas partes del cuerpo.

   Aquel viejo le sonrió, y le dijo con esa voz cascada:.

   -Tuviste suerte. Casi te matas. Si lograste evitar ahogarte, habrías muerto por el frio de la madrugada.

 

   No podía creer que lo estuviera ayudando. Demetrio lo reconocía muy bien entre los muchachos que lo fastidiaban. Sin embargo, no había una sola expresión de enojo o rencor. El viejo lo ayudaba como ayudaría a cualquiera que se hubiera accidentado en el bosque.

   Solo hasta entonces llegó a comprender que Demetrio no era en realidad un monstruo. Por el contrario, a pesar de esa apariencia horrible, sus ojos tenían una mirada dulce y amable.

   José estaba muy confundido. Solo atinó a decirle:

   -Quiero irme a casa.

   No podía caminar bien todavía, pero decidió marcharse. Entonces, apoyado sobre el anciano, fue caminando hacia el pueblo. Que curioso... el viejo era quien le ayudaba a caminar a él, un vigoroso joven. Se sostenía en los hombros del leñador, y sentía su fuerza, a pesar de la extrema ancianidad de Demetrio.

   Lo ayudó a llegar a su casa. Y se fue, sin decirle ninguna palabra.

 

   Ya después que quedó curado, se olvidó por completo del viejo. José era un adolescente, que aún no aprendía el valor de la gratitud. Lo vio venir los siguientes meses, haciendo su labor, como si nada hubiera pasado.

   Solo hasta que llegó el siguente invierno, hubo algo le hizo recordarle. Fue una noche fria, fria, en que sintió que se helaba. No entendía la razón, si solamente un día antes el frio era menos cruel.

   Se levantó de su cama, y hasta entonces se dio cuenta...

   La chimenea estaba apagada.

   -)Por qué no hay fuego? -le preguntó a su madre.

   -No tenemos leña-respondió su madre-. El ermitaño no vino.

 


   Días después encontraron al viejecillo en su choza. La muerte le había sorprendido durmiendo tranquilamente. Parecía estar feliz, se había ido en paz. Había vivido todo lo que tenía que vivir.

   Aquel invierno fue crudo, triste. Ya no usaron más la chimenea, no había quien quisiera internarse en el helado bosque para recoger leña. Entonces, el muchacho, con un nudo en la garganta, se dio cuenta al fin que a quien odiaba, era el que había traido calor a su hogar por interminables años, en las noches de invierno.

   Lloró, lloró por el viejo, que aunque casi nunca habló con él, siempre estuvo a su lado en toda su niñez...

   Desde aquel entonces, cada vez que veía una fogata encendida, y anspiraba ese olor de madera quemada, no podía evitar recordar la cansada figura del anciano, llevando su pesada carga consigo. Y cada vez que sentía en el rostro el calor de un fuego cercano, en una noche de invierno, era como si volviera a ver su dulce y marchita sonrisa, de aquel que a pesar de todo, había sido su gran compañero de su infancia...

   Demetrio, el viejo ermitaño, el anciano del bosque.

   Advirtió el error en el que había estado. La vida le había dado una gran lección: ANunca juzgues a alguien, solamente por lo que los otros dicen de él@.